Granitos de arena en un colador

Jimena L. Ansótegui
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El Paladar
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Es bueno relajarse, dar un paso atrás y observar lo que ocurre alrededor

Siempre nos da por pensar en cómo aportar nuestro granito de arena en esto o en lo otro. Pero rara vez nos paramos a observar los granitos de arena que los demás depositan en nosotros. Fue ayer por la tarde cuando me dio por fijarme en ello y comencé a recoger mis granitos y a guardarlos en un colador. Salía de casa hacia una cita de trabajo a la que ya llegaba tarde.

Pintada como una puerta y producida como una película de animación. Mi ceño estaba fruncido y el estrés me superaba. Cuando llegué a la entrada de la urbanización donde vivo y vi que el seguridad aún no había pulsado el botón para abrirme el paso me puse todavía más nerviosa y al pararme a esperar lo miré furiosa. Él, sin embargo, me respondió con una sonrisa de admiración y desde lejos pude leer sus labios tras el cristal de su caseta diciéndome «muy guapa».

Me sentí mucho mejor y también mucho peor pues no se merecía que yo hubiera volcado sobre él toda la responsabilidad de mi enfado. Su gesto me cambió el chip y decidí comenzar a fijarme en lo que los demás hacen por mí en vez de en lo que dejan de hacer.

«mis granitos de arena van directos a un colador, y tal como entran, vuelven a salir»

Un par de minutos más tarde, cuando estaba saliendo del atajo que me llevaría a mi cita más rápidamente, una conductora despistada entró en mi camino cortándome el paso y dejándome atrapada. Comencé a hacerle gestos para que diera marcha atrás y ella se limitaba a copiarlos porque su coche moverse, no se movió ni un centímetro.

Entonces, cuando estaba a punto de volver a fruncir el ceño, un motorista, de unos cincuenta, adelantó a la despistada por un lateral y asomándose a mi ventanilla me cantó «piiii, piiii, piiiiii» sonrió y se fue. Cogí su granito, metí marcha atrás y dejé a la despistada pasar sin más discusión.

«Mis granitos de arena van directos a un colador y tal como entran vuelven a salir», pensé. Apenas habían pasado cinco minutos desde que salí de casa y esta nueva forma de ver las cosas no solo me había ayudado a identificar a las personas que intentan ayudarme sino que, además, me había devuelto la paz y la tranquilidad que necesitaba.