Vivir en las islas Pitiusas

Jimena L. Ansótegui

Quien no lo ha experimentado y solamente viene a las islas de vacaciones suele preguntarse cómo es vivir aquí. Lejos de la monotonía o del sentimiento de aislamiento que muchos piensan que entra después de un tiempo, vivir en las Pitiusas es cíclico, sorprendente y nada monótono. Cíclico porque cuando ya hemos pasado demasiado tiempo de recogimiento casero a la luz de las hogueras o las chimeneas, empiezan las torradas al sol primaveral y los paseos por el campo con un nuevo hallazgo.

Una antigua era, las ruinas de lo que algún día fue un complejo hotelero, un horno de cal, un pozo abandonado, una nueva cueva, una pequeña cascada de agua dulce e infinidad de rincones secretos. Del campo saltamos a las tarimas de los beach clubs, a los jardines de los agroturismos y a las mesas de los grandes y los pequeños restaurantes que, con gran entusiasmo y despliegue, nos invitan a celebrar su reapertura. En esta parte del ciclo estamos y aquí nos encontramos. Nos encontramos de nuevo con compañeros de hazañas, de noches en vela, de bailes, de copas y de nuevas conquistas.

«Del campo saltamos a los beach clubs, los agroturismos y los restaurantes para celebrar sus aperturas»

Esto nos da otra perspectiva y un motivo más para sonreir. El sol, que por fin nos calienta, ha cambiado el chip invernal por las risas y las ganas de salir a disfrutar. Esta es la época para los residentes, para los que en un mes o dos verán pasar del largo el verano tras la barra de un bar, el uniforme de trabajo o la recepción de un hotel. Es el momento de pasarlo bien y cargar las pilas para afrontar la avalancha, los atascos y la invasión de nuestras playas y rincones favoritos.

Cuando todo esto pase y nos hayamos hartado de puestas de sol, de hablar distintos idiomas y de recibir amigos y familiares en casa; cuando nos hayamos bebido hasta el último mojito del último rincón de la calle La Virgen, entonces volveremos a añorar las tardes de chimenea y mantita, las quedadas invernales alrededor de un buen tinto, las cenas íntimas a la luz de las velas, las calles vacías, el ruido de las olas sin «chumba chumba» de fondo y los quince minutos de traslado a dónde sea. Estaremos de nuevo preparados para recibir con entusiasmo el nuevo ciclo tal y como ahora recibimos la nueva temporada. Las Pitiusas son pequeñas y sin lugar para el aburrimiento.

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